El Horror

Reseña de High Rise, del Director de Kill List

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Por: @Sergb__

HighRisePromo1Cual si fuera un juego de palabras o auto-referencia, con High Rise, su más reciente filme, el director Ben Wheatley sube la apuesta respecto a las posibilidades del cine que le caracteriza.

Y lo hace nada menos que adaptando una de las novelas alguna vez más cotizadas en el universo cinematográfico: High Rise (Rascacielos, 1975) de J.G. Ballard. Para ello, Wheatley vuelve a recurrir a su pareja y ya guionista fija, Amy Jump, quien abordó el argumento de Ballard con tal osadía que incrementó esa demencia que suelen tener los filmes de Wheatley.

Sin embargo, el envilecimiento que sus protagonistas han mostrado casi institucionalmente, ahora llega de una forma no tan concisa, sino más bien circunstancial, casi, pareciera, improvisada.

La historia se ubica en una Inglaterra retro-futurista en la que, escasamente nos informan, las calles son regidas por el crimen y la decadencia. En ese contexto vemos un edificio absolutamente moderno y elegante cuyos residentes, a excepción del trabajo, casi no tienen la necesidad de salir pues dicho lugar cuenta con servicios como supermercados, alberca, canchas de squash, bar, consultorios, etc.

La única peculiaridad de este complejo es que los pisos se dividen de acuerdo al nivel económico de los residentes, siendo los más altos los de la clase acomodada, mientras los bajos son habitados por una especie de clase obrera, por ejemplo, ahí viven el conserje o empleados  del supermercado. Y por último el importante nivel intermedio, que pertenece naturalmente a una clase media que aun así se siente más privilegiada de lo usual. En este microuniverso de jerarquías es que comienza a desarrollarse, o más bien a descomponerse, una historia en la que entre disputas, abusos, fiestas y excesos, las clases se fragmentan en feroces tribus en una batalla conducida por el caos y la descomposición social.

Argumentalmente, podría decirse que High Rise es la cinta menos alucinante de Ben Wheatley, pues si bien la adaptación de Jump posee soltura y licencias, sí se enfoca en transmitir con rigor la deshumanización que Ballard proponía en Rascacielos, es decir, aquí hay un discurso y reflexión que cierra la puerta al giro efectista al que el director nos tiene acostumbrados, sin embargo, Wheatley vuelve a encontrar en la forma un aliado que tarde o temprano impacta y que traslada la película a los terrenos que le conocemos. El extendido inicio formal ─exceptuando la introducción In medias res con el Doctor Robert Laing (Tom Hiddleston), el protagonista─ se extrapola con un tercer acto anárquico, sucio, sangriento, casi absurdo, en el que los habitantes se atrincheran ya sin fronteras económicas o sociales y tienen un fin en común: la supervivencia.

Lo interesante es el modo en el que Wheatley transita ese camino de degradación.

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Una vez establecidos los roles de no de cada habitante, sino de la clase social a la que pertenecen, representada eso sí, por personajes muy específicos que tienen un peso de menor a mayor en la historia, el director deja que su filme fluya casi de forma orgánica, introduciendo si acaso un par de eventos que dan pie a la división y la guerra a la que eventualmente todos se van a tener que integrar, pero sin hacer hincapié en alguno de ellos y mucho menos desarrollándolos, cuestión que incluso le juega en contra pues no faltará quien busque respuestas en lugar de cavilar en los por qué de la brutal violencia a la que llegan los inquilinos. Aunque eso sí, teniendo siempre la perversión como hilo conductor, característica que comenzó en la mordaz Down Terrace (2009) y que ha extendido a la largo de su carrera, uno de los signos que lo convierte sin duda en un cineasta sobresaliente, siendo el otro su formidable puesta en escena.

Laurie Rose, cinematógrafo de cabecera de Wheatley, se vuelve a lucir con la fotografía, preponderando la sobriedad del inicio en la iluminación y aprovechamiento de los espacios, paisajes, etc., con evocaciones a The Clockwork Orange (Stanley Kubrick, 1971), aparte de su relación temática, pero también adoptando el descontrol final cuando los habitantes convierten el edificio en una asquerosa zona de enfrentamientos, ahí es cuando Rose se da vuelo con la steadycam, las sombras y las tonalidades, así como con el clásico slow motion, que aunque ahora no usó tanto, hace presencia en una de las secuencias más logradas de todo el filme y la cual para mayor regocijo es mejor no revelar, mismo caso para otro sanguinario momento visto a través del caleidoscopio de un niño. Lo curioso es que a pesar de que estéticamente el filme propone una atmósfera mundana (impecable trabajo de arte y diseño de producción de Mark Tildesley y Frank Walsh) que lo mismo tiene una fiesta de temática victoriana que pasillos llenos de mierda, basura, y mini incendios que nunca se extinguen, no alcanza a transmitir un aire tan pesado como el de Kill List (2011) en su última media hora o el A Field in England (2013) poniendo un asterisco en el recurso del caleidoscopio, acaso porque la “primitivización” se vuelve monótona o porque tal vez el argumento de Ballard ya no sorprende tanto en una época donde muchas de las situaciones que en aquella década parecían escandalosas hoy lamentablemente nos son familiares.

Por último, el reparto brinda muy buenos registros, especialmente en el humor negro, siendo Hiddleston, Jeremy Irons (Anthony Royal) y un sorprendentemente salvaje Luke Evans una de las revelaciones de este filme. Su personaje, el documentalista frustrado Richard Wilder, de hecho contradice un poco la pronunciación política que Wheatley parece haber querido evitar ubicando al filme en una era casi atemporal que mezcla una modernidad distópica con el estilo setentero en el que se ubica la novela. Los diálogos de Wilder son los más directos en cuanto a la alusión anti-capitalista y la deshumanización de la que hablaba Ballard, y ya apurados bien podría ser una alegoría del minero iracundo en huelga ante la pasividad egoísta de Royal, el arquitecto y autor de este concepto de reclusión social cuyo aires Thatcherianos son imposibles de ignorar. Royal habla del poder de su idea aludiendo los edificios que construyó alrededor de un lago, como un gran “puño de hierro” cuyo interior, no es sorpresa, en realidad está seco.

Muy cercano a Evans, pero en la parte femenina, está Helen (Elisabeth Moss), la esposa embarazada de Wilder, que si bien Moss ya había dado muestras de su capacidad, aquí llega a nuevos niveles y hasta hubiera sido deseable que su personaje fuera menos conformista.

Lo que propone High Rise no es la panacea. Mucho menos con una narrativa desprovista de explicaciones y ciertamente descontrolada. Filmes como Blindness (Fernando Meirelles, 2008), Lord of the Flies, (Harry Hook, 1990), Crash (1996) de David Cronenberg y también novela de Ballard o recientemente su Cosmopolis (2012), han tratado ya el tema con éxito y variantes, sin embargo, la visión de autor de Wheatley sí que aporta algo nuevo. Y de paso lo confirma como un cineasta emocionante que en sus cinco largometrajes lleva un registro perfecto.



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Autor: sergb__

Experto en el cine de arte y cine de autor. Se dice “uncool” por pasar más tiempo en casa que en parrandas y con los amigos, creemos lo contrario, envidiamos todo el tiempo que aprovecha para ver películas, y no sólo de horror, sino de todo tipo.

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PUBLICADO

9 November 2015